La psicología de emergencias en el siglo XXI

Natxu Brunet


Después de muchos años, la psicología de emergencias ha crecido en muchos aspectos. No cabe duda de que hemos conseguido, al menos, que se conozca su existencia. Además, parece que se acepta su utilidad, al menos cuando sucede algo que es o parece socialmente relevante. Cualquier incidente que sea recogido por el altavoz de los medios, supone ya una nueva intervención de psicólogos que acuden a prestar su apoyo.

No obstante, habrá que implicar de alguna manera a las instituciones públicas. El camino no podemos hacerlo solos. Es más, no deberíamos hacerlo solos. Por más intención y voluntad que pongamos en seguir en este camino, nos hace falta contar con otros.

Hemos llegado los últimos a un territorio ya ocupado por diferentes colectivos. Nadie va a discutir cuando, como ni porqué hay que llamar a la policía, a los bomberos, a la ambulancia. Todos dudan, sin embargo, sobre cómo y cuándo hay que llamar al psicólogo, errando a veces el cuándo y confundiendo o ignorando casi completamente el porqué. Incluso los propios psicólogos integrados en equipos de respuesta a emergencias, tienen mucho que preguntarse sobre eso.

Parte de la indefinición en la prestación pública de este tipo de servicios, se debe a la baja implicación de las instituciones. Es cierto que se ha reconocido la aportación de la psicología y su papel en la recuperación de personas afectadas por incidentes traumáticos o caracterizados por potentes estresores. Incluso se han celebrado actos públicos de agradecimiento (por ejemplo, entre otros, con ocasión de los servicios prestados en el 11-M). Pero poco más se mueve hasta la siguiente tragedia.

Me parece imprescindible hacer algo más. Además de dejar muy bien sentado el perfil, las necesidades formativas y la acreditación profesional de los psicólogos emergencistas, hay que implicar a las instituciones, empezando por las que ya tienen voz en las emergencias. Se trata de un amplio pero diverso colectivo con competencias claras y conocidas. Por tanto, hay que hacer el esfuerzo de explicar de forma exhaustiva y clara, que es lo que pueden esperar con respecto al trabajo de los psicólogos en su ámbito de actuación. Solo si sabemos transmitirles cuales son los beneficios, conseguiremos una adecuada integración en su propio entorno profesional. No obstante para que esto suceda, debemos plantearnos la solidez de nuestro propio edificio.

Si escogemos un grupo de personas aleatoriamente y les preguntamos que es lo que saben sobre la psicología de emergencias, probablemente la primera respuesta sea “esto ¿qué es?”. Luego de explicarlo someramente, puede que sepan que “hay psicólogos que ayudan cuando hay una desgracia”. Sobre lo que hacen estos psicólogos, hay respuestas varias: “están ahí para que las víctimas no sufran”; “acompañan a las víctimas, les dan consuelo y les traen café”; “son un hombro sobre el que llorar”; “consuelan a las víctimas para que no cojan una depresión”; etc.

En realidad, la idea más aproximada nos identifica como una ayuda psicosocial para víctimas primarias, disponible durante la fase aguda. Claro que esta es la idea que hemos transmitido sin desmentirla. Pocos conocen que en realidad debería tratarse de una intervención integral, sistemática, estandarizada y multicomponente. Algo más próximo al modelo de gestión del estrés CISM de Mitchell. Por tanto las expectativas resultan débiles. Ni siquiera los propios intervinientes saben que esto les resulta de gran ayuda para una adecuada resolución de sus propias tareas y su óptima normalización posterior a los hechos.

Pocos conocen que el trabajo directo sobre los estresores en una situación crítica es una competencia del ámbito de la psicología. La intervención psicosocial es algo diferente a esto.

No se trata tampoco de intervención clínica. Aún cuando cualquier habilidad profesional es útil y puede resultar de ayuda en situaciones concretas. La intervención del psicólogo emergencista dista muy mucho de pertenecer al ámbito clínico. Todos sabemos que tratamos con personas normales que reaccionan frente a un hecho de inhabitual dureza. Nada más… y nada menos.

Al final del camino se encuentra una respuesta pública estandarizada, bien coordinada, eficaz, resolutiva y con un exhaustivo control de personal excedente.

En ese camino, se encuentran como parte imprescindible para seguir, las instituciones públicas. Todas aquellas que puedan contribuir a que nos dotemos de un buen sistema de respuesta, deben estar en cartera, deben ser consultadas, hay que explicarles e implicarles. En eso andaremos metidos…

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