Psicológicamente preparados para la emergencia

David Rotger
  • Una persona permanece atrapada en el interior de su vehículo tras sufrir un accidente. Desconoce el motivo por el cual no puede moverse ni comunicarse. Unos bomberos hablan entre ellos sobre la mejor forma de sacar “al fiambre” (no se dan cuenta de que aún permanece con vida). Ya en el hospital la víctima, que finalmente sobrevivió, comentó el miedo que pasó y lo duro y traumático que fue ese momento.
  • Un vehículo que acaba de chocar contra un árbol comienza a arder. El conductor está consciente aunque herido y con sus piernas atrapadas. Unos agentes de tráfico que circulan por esa autovía, se paran e intentan sofocar el incendio con sus extintores. No lo consiguen y el conductor perece entre alaridos de dolor con medio cuerpo fuera de la ventanilla.

Aturdidos por lo que acaba de vivir los agentes localizan a dos familiares de la víctima, les piden que se acerquen al lugar y, sin más preámbulos, les solicitan que identifiquen al fallecido el cual permanece en la misma posición y con medio cuerpo carbonizado. Uno de los familiares se desmaya y el otro permanece sentado chocado por la terrible visión.

  • Durante un peligroso rescate de un trabajador enterrado en un pozo, unos bomberos se turnan en tres equipos de tres para bajar y desescombrar; mientras un grupo trabaja los otros permanecen descansando en el exterior. Constantemente se producen pequeños desprendimientos y lluvia de tierra que parecen anunciar un inminente derrumbe. En los turnos de descanso uno de los bomberos, bordeando el pánico, reza en silencio suplicando que se produzca el derrumbe para librarse él de volver a bajar aunque ello suponga que tres de sus compañeros mueran.

Varios días después se lo comenta a otro bombero: no duerme bien, su autoestima está por los suelos, se siente deprimido.

Estos tres casos reales con los que inicio este artículo, nos muestran unos escenarios donde unas víctimas y sus allegados pueden quedar seriamente traumatizadas, donde una víctima ha corrido mayor peligro de morir simplemente por el desánimo de ser tratado como un muerto, donde el último recuerdo de un familiar querido se puede convertir en una obsesiva y horrible imagen y donde unos profesionales pueden salir, asimismo, muy mal parados: estrés postraumático, depresión, alcoholismo, etc. ¿cuál es el denominador común en todos los casos? Los profesionales que han intervenido en los rescates se han visto superados por los acontecimientos y las personas a las que tenían que ayudar y ellos mismos pagan las consecuencias. La mala praxis respecto de la atención psicológica a cualquier víctima debemos buscarla en la formación y el entrenamiento que reciben las personas que atienden a otras personas. Nadie actúa mal voluntariamente y si un trabajador de las emergencias se ve desbordado por una situación de fuerte carga emocional en gran parte se debe a que no ha sido formado como corresponde.

En estos últimos años la psicología de emergencias sin duda ha avanzado mucho: la atención a las víctimas parece haberse asentado como un servicio más al conjunto de la sociedad, sin embargo se necesita un sistemático y permanente análisis de lo que se está haciendo para que, los inevitables errores que se han producido y que se seguirán dando, se minimicen o al menos no se reincida en uno determinado.

La psicología de emergencias la podemos dividir en tres grandes grupos: La atención a las víctimas, la preparación psicológica de los profesionales para hacer frente a situaciones de elevado estrés y los planes de actuación. Veamos a grandes rasgos cada uno de estos grupos:

Atención a las víctimas

En cualquier emergencia, la fase de impacto es aquella en la que se está produciendo el suceso. Por ejemplo: el auxilio y atención a un infartado, el rescate de un accidentado de tráfico, el rescate y evacuación de un accidentado en la montaña, evacuación y extinción en un incendio, etc. En estas situaciones las personas que han de ser auxiliadas pueden estar experimentando, aún cuando no sufran daño físico, una fuerte carga emocional (miedo, frustración, estrés, agitación, depresión, etc.). La psicología de emergencias no trata de evitar esas emociones porque es imposible y, además, posiblemente contraproducente; si alguien pierde un familiar en un incendio necesariamente se sentirá mal y si alguien sobrevive a un accidente aéreo, aunque no sufra heridas, ese día no irá al cine. De ahí que se hablen de reacciones normales a situaciones anormales. En cualquiera de esas circunstancias la persona puede ver aumentada la probabilidad de sufrir un trastorno psicológico si no es asistida correctamente por los profesionales que la atiendan: estrés postraumático, depresión, etc. Ello no significa que vaya a desarrollar necesariamente un trauma y, de hecho, la recuperación y retorno a la normalidad es lo más habitual; este proceso se conoce con el término de “Resiliencia”, sin embargo el peligro existe y se debe afrontar.

Formación y entrenamiento de los intervinientes

Como ya he mencionado, cualquiera de los ejemplos del inicio refleja una formación deficiente. Para intervenir en una emergencia no es suficiente saber utilizar las herramientas de la especialidad que sea o tener amplios conocimientos en técnicas de rescate. El elemento más importante en el escenario de una emergencia es la víctima y los esfuerzos para minimizar su sufrimiento incluyen el apoyo humano. Pensemos que nadie se plantea sufrir gratuitamente; si uno tiene dolor de cabeza  busca los medios para quitárselo (aspirina, relajación, etc.). En una emergencia, ayudar a paliar el sufrimiento psicológico de la víctima, su estrés, sus miedos, etc. por si mismo ya está justificado pero, además, tiene suficiente importancia como para minimizar el riesgo de trauma e incluso, como sugiere una investigación[1], aumentar las posibilidades de supervivencia.

Para ofrecer el apoyo humano durante la intervención los equipos de auxilio y rescate, ya sean policías, bomberos, sanitarios, militares de las UME, miembros de Protección Civil, Cruz Roja, etc. necesariamente deberán ser formados y entrenados en ese sentido. Nadie nace enseñado y aunque algunos poseen una personalidad que les facilita prestar apoyo psicológico de forma natural, la mayoría necesitan aprender a hacerlo para no cometer demasiados errores. Además estos intervinientes necesitan estrategias para disminuir y controlar su propio estrés durante la intervención. El miedo a actuar mal, las sobrecargas de estrés (cualitativo y cuantitativo), el mismo miedo que provoca una situación de peligro, son cuestiones que disminuyen la operatividad del interviniente y la psicología de emergencias aporta elementos para ayudar al control y a tomar decisiones eficientes.

Organización y planes de actuación

Una emergencia de cualquier magnitud, en sus inicios, inevitablemente es un caos. El principal cometido de las organizaciones que participan en las intervenciones es mitigar ese caos cuanto antes y para ello es necesario haber planificado y protocolizado las acciones que así lo permitan: movilización de recursos, establecimiento de puestos de mando avanzados, comunicaciones, control de los dispositivos en el escenario de operaciones, etc. Naturalmente que cuanto mayor sea la magnitud de la emergencia, más tiempo se necesitará para definir la situación y controlar el caos. Un accidente de tráfico puede controlarse en relativamente pocos minutos y por contra una catástrofe, como un terremoto, puede necesitar incluso días. La psicología de emergencias puede aportar conocimientos técnicos en los planes de emergencias y en parte de los protocolos que se establezcan: acotar espacios adecuados para la recepción de víctimas y familiares, asesoramiento de víctimas, adecuación de espacios de descanso para intervinientes, vigilancia y control en las intervenciones (en lo que respecta al apoyo humano de víctimas e intervinientes), recogida de datos para seguimientos y estadísticas, etc. Casi todas estas acciones, si son llevadas a cabo correctamente, ayudan a disminuir el número de estresores presentes en el lugar de la emergencia tanto para las víctimas, quienes se sentirán mejor si perciben control y competencia entre el personal que los asiste, como para ese mismo personal y por el mismo motivo.

Desde la Sociedad Española de Psicología Aplicada a Desastres, Urgencias y Emergencias (SEPADEM) se quiere impulsar y dar apoyo a las instituciones y organizaciones que intervienen en las emergencias estableciendo una dinámica de mejora continua donde se sienten las bases para aumentar la competencia de los equipos de intervención. La historia de la psicología de emergencias es breve, hace pocos años que apareció, pero no tiene límite en el tiempo; siempre se podrá aprender y mejorar.


[1] Goiricelaya, E. (1999) El experimento Kansas, apoyo psicológico a los heridos en accidentes de tráfico. Emergencia 112, nº 26, febrero.

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