En una ciudad mejicana cerca de la frontera de los Estados Unidos.

Juan[1], de 30 años un próspero vendedor de telefonía móvil, se encuentra con un viejo conocido de su infancia. Charlan de cómo le a va a uno y otro, y cuando el compañero se entera de la profesión de Juan le pide que le venda un teléfono de alta gama. Juan se lo entrega y el amigo le propone quedar en un restaurante de comida rápida para pagarle en unos días. Antes de la cita llama diciéndole que será el dueño del restaurante quien le pague, que le diga que él lo manda para recoger el dinero del teléfono. Juan llega al restaurante con su mujer e hijo de seis años, se acerca al dueño y le dice que vino a recoger el dinero del teléfono de su amigo, el dueño le pregunta “si es quien recoge el dinero”, le dice que sí y de pronto los camareros saltan sobre él, le tiran al suelo le apuntan con armas, le golpean brutalmente. A su mujer la arrastran por los pelos, la tiran al suelo y la apuntan con armas igualmente. El niño llora y aterrorizado huye del restaurante hacia la calle, la madre grita “¡mi hijo, mi hijo!”, y alcanza a pedir a uno de los clientes del restaurante paralizado por el miedo y la sorpresa que salga tras de su hijo, cosa que hace. La mujer forcejea con quienes la retienen a punta de fusil, y gritando “¡mi hijo, mi hijo!”, corre fuera del restaurante y exponiéndose a morir acribillada a balazos logra encontrar al hijo y regresa siendo detenida con la misma “delicadeza” que antes. Mientras el marido en el suelo es pateado y espera ser ejecutado en cualquier momento (algo frecuente en esta ciudad), no siente los golpes y sólo remotamente le asusta la ejecución, no hace más que pensar en cuál será la suerte de su mujer e hijo.

La pareja cuenta la terrible historia de traición y brutalidad con más lujo de detalles, incidente por desgracia muy frecuente en las ciudades del estado de Nuevo León (Méjico) (sólo en Monterrey ha habido más de 1500 muertos en la guerra entre y contra el narco en el 2011). En la misma semana en que entreviste a esta pareja leía uno de las pocas investigaciones existentes sobre las “dificultades emocionales y estrategias de afrontamiento de los clínicos que tratan pacientes dentro de una sociedad aterrorizada” (Shalvi y Luzzatto, 2006)[2], es decir de profesionales que están expuestos ellos mismos a los tipos de traumas que sus pacientes padecen y que se ven obligados a tratar. En su muestra de 512 profesionales el 16,5% había estado directamente expuesto a un incidente crítico, y el 37,3% tenía un familiar o amigo que había sufrido ese tipo de incidente. Tienen suerte los autores, en el grupo de 250 profesionales que asistieron al máster sobre Intervención en Crisis promovido por el gobierno de Nuevo León el 100% había estado expuesto a un incidente crítico o/y tenían un familiar o amigo íntimo que lo habían sufrido.

¿Qué significa crear espacios de seguridad en un contexto en el que pacientes y profesionales están amenazados por los mismos incidentes críticos?, ¿cómo sentirse seguro? Claro está no hay forma, porque sólo es una cuestión de tiempo que te veas expuesto a un incidente.  Quienes viven en semejantes contextos de inseguridad aprenden procedimientos para responder (afrontamiento) a situaciones críticas (en la eventualidad de toparse con un control de carretera ponga la luces intermitentes para que sepan que va a parar, encienda la luz de dentro del coche para que puedan verlo, ponga las dos manos encima del volante…), lo que, naturalmente, puede no librarlos de una experiencia realmente límite. En tanto en cuanto uno siga viviendo en la zona, no hay un espacio exento de peligro, por lo que la idea de espacio se matiza y se habla del tamaño del espacio. Cuando no hay un “fuera” seguro, la respuesta es la creación de un grupo social de referencia (un espacio reducido)  en el que se pueda confiar: se activa la necesidad de un grupo seguro. La comunidad no es segura, mi grupo sí. Profesionales y sus clientes seleccionan con cuidado quiénes pertenecen a ese espacio reducido de seguridad, fuera de ese grupo aprenden a no hablar de cosas que puedan identificarlos como víctimas potenciales. De esto sabemos mucho en España porque es lo que ha venido ocurriendo en el País Vasco hasta hace poco.

El comentario de una de los profesionales del máster de Intervención en Crisis de Nuevo León, sor Caridad[3] (una monja recién venida de Haití), refleja la paradoja de los psicólogos en casos como el de Juan. A la monja, psicóloga ella misma y especialista en duelos complicados, sus compañeras le criticaban porque se “limitaba a hablar con la gente”, y no seguía la sabiduría activa de la madre Teresa de Calcuta que recomendaba “orar con las manos”; quizás por eso la proclamaron santa. Si a los psicólogos nos dejan mudos lo vamos a pasar realmente mal, ¿qué podemos ofrecer a Juan dos meses después del incidente narrado más arriba? A riesgo de no alcanzar nunca la santidad, sólo palabras. No podemos librarle de la experiencia por la que ha pasado, el problema ya lo tuvo y no podemos resolverlo.

Me resulta muy interesante esa forma de entender los traumas en términos de mensajes que resultan difícilmente modificables, al menos en los primeros momentos, y que devienen con el correr del tiempo en guiones de vida. Agredido brutalmente por policías camuflados, es más que probable que Juan vaya a tener problemas realmente serios para acercarse y confiar en un policía, y quizás por extensión en todo el sistema legal del país. El mensaje pasa a la memoria implícita y ésta se encarga en generar un patrón de conducta automático (el guion) que se dispara ante situaciones parecidas sin que se tenga la experiencia psicológica de estar recordando algo, muy similar a como cuando aprendemos a montar en bicicleta y años más tarde volvemos a montar y nos encontramos con que seguimos teniendo las habilidades. Mucho de lo que hacemos es utilizar el mismo mecanismo para generar un tipo de respuesta automática que no traumatice a la víctima sino que le dé la oportunidad de volver a integrarse en la vida sin la sensación paralizante y angustiante del miedo y la amenaza. Juan y su familia pasaron por una experiencia lo suficientemente aterrorizante como para recordarla sólo en esos términos, pero lo cierto es que al mismo tiempo el episodio habla del valor de la madre que consigue salvar a su hijo, y del amor de Juan para quien lo importante era la suerte de su familia y no la suya propia. Las dos cosas sucedieron, y ninguna de las dos deben soslayarse, el problema surge cuando sólo una de ellas queda en la narrativa del sujeto, normalmente la que produce más terror. Sor Caridad, y con ella todos los demás profesionales, esos a quienes se niega la santidad porque sólo ofrecen palabras, son quienes mas que resolver problemas, ofrecen una oportunidad a Juan y su familia de recobrar una imagen complementaria a la del terror devolviéndoles la experiencia de personas que también supieron optar unos por otros haciendo verdad eso que la teoría del apego reitera: que el apego seguro no te libra de las crisis pero sí te permite afrontarlas sin volverte loco. Eso fue lo que hizo Juan y su familia, optaron en el momento del trauma por el espacio seguro de su familia, y eso es lo que les devolvemos con la palabra, una oportunidad donde sólo había miedo y horror.

José Navarro Góngora

Relaciones Internacionales

 


[1] Juan es un nombre inventado, el autor no sabe el nombre real del consultante, por razones de seguridad las entrevistas se hacen con nombres supuestos.

[2] Shalvi, Sh. y Luzzatto, D. (2006) Lack of safe environment: Emotional difficulties and coping among clinicians treating traumatized patients within a terrorized society –Israel 2006. Traumatology. Vol. 12, nº 4: 282-292.

[3] Nombre igualmente supuesto.

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