En los últimos años se han sucedido varias catástrofes que han aparecido en los medios de comunicación, y de las que se ha ido informando puntualmente. El que en el siglo XXI conozcamos casi inmediatamente lo que ocurre en cualquier parte del mundo tiene una serie de ventajas, pero también hace que determinadas informaciones circulen más rápidamente.

A finales de este mes de agosto nos ha sorprendido que una compañía de viajes organiza cruceros turísticos por la costa italiana, y uno de los principales atractivos es ver los restos del barco italiano Costa Concordia, que naufragó hace unos meses en las cercanías de la costa y  tuvo un resultado de 32 fallecidos. Se pueden ver turistas haciendo fotos en ese tour organizado, antes de que se desmantele el barco. Parecen turistas japoneses, pero son europeos. Lo más llamativo de todo es que llevan un tiempo organizándolo y parece que se han sucedido las visitas y sigue habiendo mucha gente deseosa de ver los restos del gran barco.

La crisis agudiza el ingenio pero también el morbo y la falta de ética profesional, y se busca hacer negocio de la desgracia de otros. Seguro que Italia, uno de los países del mundo con más riqueza patrimonial puede explotar otros destinos o puntos de interés turístico.

Este fenómeno no es nada nuevo; en Nueva York la caída de las Torres gemelas, fue un acontecimiento seguido en directo prácticamente desde cualquier país del mundo. Este mes de septiembre, el día 11 se cumplen, 11 años de este acontecimiento. Como se sabe, desde entonces hasta ahora, americanos y turistas de todas la nacionalidades han pasado por allí a ver el hueco que dejaron las torres, a depositar flores o a ver cómo se construyen los cimientos de los nuevos edificios proyectados.

Surge el debate de dónde está el límite entre conocer y saber de primera mano algo, y el conocimiento morboso de una situación; entre conectar con el sufrimiento de unos seres humanos (conocidos o no) y frivolizar sobre el sufrimiento ajeno; entre rendir un homenaje a las víctimas y convertir un lugar de una catástrofe en un lugar de peregrinaje o feria por donde pasa todo el mundo sin orden ni control.

Parece que los seres humanos tenemos una atracción por lo catastrófico, y que nos acercamos a ello siempre después y desde una posición de seguridad o con la idea “esto a mi no me va a pasar”, que les ocurre a otros; hay también quien se acerca a esos lugares y se queda impactado por la situación de dolor que allí se ha vivido y posteriormente requiere atención psicológica especializada o psiquiátrica.

Yendo algo más atrás en el tiempo, hace unos meses se cumplieron en 2011, el 25 aniversario de la catástrofe nuclear de Chernobyl (fue en abril de 1986); se hicieron muchos reportajes y hubo muchas personas que se acercaron allí a ver qué había pasado en aquel lugar en los últimos 25 años y se encontraron con un lugar fantasma porque mucha gente se había ido de aquellos lugares por las radiaciones que todavía permanecían allí; esto nos habla también de los riesgos inherentes de visitar un lugar que ha sufrido una catástrofe; a las personas que se dedican a visitar los emplazamientos de las catástrofes se les olvida a veces su propia seguridad personal.

Sin ir más lejos en Madrid, tanto en el accidente de Barajas como en Atocha – y otros escenarios del atentado a los trenes – , mucha gente quiso ir después a ver el lugar y tomar las consiguientes fotografías; lo cual en algunos casos puede incluso interferir con las labores de rescate de las víctimas, con la recuperación de los cuerpos cuando se trata de fallecidos e incluso dificultar la investigación policial o forense.

La estación de Atocha especialmente, se convirtió en un santuario improvisado donde poner velas, dejar mensajes y rendir homenaje a las víctimas de la tragedia; pero es distinto que esto ocurra los primeros días tras la tragedia (que puede servir de rito de despedida y de elemento de elaboración del duelo) y en determinadas culturas (como la mediterránea o la latina, donde hay necesidad de expresar emociones), a que esto ocurra en otra cultura (menos dada a la manifestación externa de dolor) y por supuesto  que estas manifestaciones públicas se den cuando han transcurrido varios meses tras el acontecimiento, que a veces puede prolongar el dolor de las víctimas directas.

Cuando ocurrió el vertido del Mar Egeo, frente a la Torre de Hércules en la La Coruña; mucha gente se acercó a las costas gallegas para ver de cerca qué sucedía con el petróleo, y cómo estaba semihundido el barco; muy similar a lo que se relata ahora mismo de los cruceros italianos que citábamos al inicio de este artículo.

El saber y conocer más que nadie es un deporte “made in Spain”, el conocer detalles truculentos de un acontecimiento luctuoso siempre ha sido  algo que ha tenido mucho éxito en España. Muchas veces esto hace que la gente se desplace a los lugares de accidentes o catástrofes o desastres a comprar lotería, con la creencia errónea de que tocará el “gordo de Navidad” allí donde ha ocurrido una situación dramática, o con la combinación numérica de la fecha de la catástrofe. Afortunadamente ahora la gente con internet puede comprar el décimo a través de la red y no tiene que desplazarse.

Curiosamente nadie ha ido a Haití a ver los lugares donde se produjo el terremoto de enero de 2010; siguen reconstruyendo el país, pero no hay intereses turísticos que atraigan a los viajeros. Al menos no figuran como lugares para visitar en las guías turísticas o de viaje

El fenómeno del peregrinaje a los lugares de accidentes o de descanso de fallecidos famosos no es nuevo. Cuando fallece una persona joven en circunstancias traumáticas se acrecienta todo esto. Esto ha ocurrido desde los tiempos de Elvis Presley y Marilyn Monroe.

Otro lugar de “atractivo turístico” ha sido el túnel del puente del Alma en Paris, donde tristemente falleció Diana de Gales, aparte de depositar flores, muchas personas han ido allí desde el año 1997, cuando ocurrió a fotografiar ese enclave de la ciudad de la luz.

Ahora más recientemente tenemos los casos de la casa de Michael Jackson, Neverland, que ha estado siendo un lugar al que se han acercado fans y otras personas, para ver qué pudo ocurrir allí e incluso establecer sus propias hipótesis de lo que pudo suceder en el interior de esa mansión. También se ha convertido en un punto de interés la casa donde falleció Amy Whitehouse. Esto se hace extensivo a cualquier cementerio o capilla donde se encuentren los restos mortales del personaje público, como la isla donde  descansan los restos mortales de Lady Di.

Lo que les ocurre a los famosos que tiene tintes trágicos, siempre ha sido llamativo para el resto de la población; cualquier accidente que tiene un Piloto de fórmula 1, o de motos como Simoncelli, cobra protagonismo y la gente acude al circuito como si pudiera volver a presenciar el accidente “en vivo y en directo”.

Importa la actitud con que nos acerquemos a estos lugares de dolor y sufrimiento, si conseguimos que sea con una actitud didáctica y para evitar que eso vuelva a suceder, puede darse un sentido a esa visita, como nos transmitía Victor Frankl; por ello el mejor ejemplo de todo esto es la visita que se puede realizar al Campo de Concentración de Auschwitz en Polonìa, donde se han mantenido algunos lugares tal como estaban para mejorar el conocimiento histórico de lo sucedido durante el III Reich.

Ante cualquier visita a un lugar de catástrofe, emergencia o genocidio, debe primar respeto a las víctimas, a los familiares y también a los intervinientes que estén desempeñando su labor en ese emplazamiento.

Patricia Acinas

Secretaria de la SEPADEM

Anuncios