Sant Adrià de Besòs, 1962

La pasada semana se cumplieron 50 años desde la riada del Vallès, los medios de comunicación catalanes se han volcado en el doloroso recuerdo de este aniversario.

Para los más jóvenes, o no tan viejos, recordaremos que la noche del 25 de septiembre de 1962, tras unas lluvias torrenciales, una riada arrasó los barrios construidos precariamente junto a los cursos bajos de los ríos Besos y LLobregat.  Sus efectos resultaron especialmente dañinos en las poblaciones de Rubí, Sabadell y Terrassa. Cabe añadir que en algunos casos estos asentamientos contaban con el preceptivo permiso municipal.

Las cifras oficiales de la época citan la cifra de 441 fallecidos, 374 desaparecidos y 213 heridos. En la actualidad se piensa que los fallecidos probablemente superaron el millar.  La diferencia de datos puede deberse por una parte al hecho de que muchos de los fallecidos eran inmigrantes recién llegados en busca de trabajo y no figuraban en el padrón municipal. Pero también se habla de intentos oficiales de minimizar el desastre, no olvidemos que dictador mandaba en esos años.

De cualquier modo, el número de víctimas no ha sido superado en Cataluña, por ningún otro desastre, y esperemos que así se mantenga.  La riada del 62 es uno de los “life events” que marcan ito en los estudios longitudinales del curso vital en estas poblaciones,  Y como diría M. Vázquez Montalbán;  jalonan la “educación sentimental”,  de varias generaciones de catalanes.

Medio siglo parece tiempo suficiente para disponer de una perspectiva, al menos psicológica de esta catástrofe, y una primera observación, que no análisis, de los factores que pueden ayudar a caracterizarla. Para ello resulta de gran utilidad el visionado y la lectura de los reportajes televisivos y las crónicas periodísticas que el aniversario ha desencadenado. Por descontado este texto no tiene pretensión científica ninguna, sólo pretende describir de modo somero y exploratorio algunos elementos que emergen a primera vista.

Percepción y gestión del riesgo.-

Desde una perspectiva perceptiva del riesgo, aparece en primer lugar lo más evidente; La dificultad de que sea tomada en consideración la probabilidad de ocurrencia de un evento potencialmente catastrófico cuando el período de recurrencia es largo a escala humana, probablemente superior a 100 años.

Sobretodo si las circunstancias históricas y sociales contribuyen a ponderar la baja probabilidad. En el caso que tratamos,  se produce en un momento de expansión industrial, con una gran necesidad de alojamiento para la mano de obra recién llegada.

En un relato de los muchos que han aparecido estos días en los medios, un mujer superviviente recuerda la advertencia de un payés. El cual observando como ella y su marido construian la vivienda en la zona inundable próxima al rio, en aquel momento inofensivo y casi seco, exclamó; “lo que es del río el agua se lo lleva”.

Pero la necesidad ahoga la prudencia, estos últimos años un grupo de gitanos ajenos a esta memoria histórica, ha levantado sus barracas en uno de los solares que en 1962 arrasó el agua. Esta vez, eso sí, careciendo de permiso municipal y con todos los avisos del riesgo existente. Pero su percepción del riesgo responde a patrones culturales e historia oral  distintos a los de las autoridades, este es sin duda un elemento a tener en cuenta en la transmisión de informaciones de este tipo a un pueblo de raiz nómada.

Cronificación del estrés.-

En los relatos de los supervivientes aparecen  frecuentemente rememoraciones típicas del estrés postraumático,  muchos de los que experimentaron la pérdida de uno o más de sus familiares, coinciden en relatar que medio siglo después los recuerdan casi a diario.

En muchos de los casos se dan respuestas de estrés ante estímulos discriminativos o anticipadores. Aparece en las entrevistas a los supervivientes que estos experimentan malestar y desazón cuando amenaza tormenta o si está lloviendo.

No es tan frecuente pero  cuenta también con algún caso, la aparición de respuestas fóbicas al agua y conductas de evitación, por ejemplo no acudir a las piscinas.

Resiliencia versus Re-victimización.-

Desde el primer momento se produjeron respuestas solidarias de todo tipo, también numerosos actos de heroismo en el rescate de personas arrastradas por las aguas. Cuando se conoció la notícia, primero el pueblo catalán, después el español, e incluso desde el extranjero se volcaron en la ayuda a los supervivientes, muchos de los cuales lo habían perdido todo.

El conocido locutor D. Joaquin Soler Serrano, a través del programa radiofónico “Ustedes son formidables” puso en marcha una extraordinaria campaña de ayuda que recibió la participación masiva de la población.

Las autoridades de la época viendo el potencial económico y propagandístico de la situación, interfirieron en el proceso y existen serias dudas del destino de elevadas cantidades.  Los inspectores mandados por el gobierno llegaron a pretender que los voluntarios que participaban en las tareas de desescombro se pusieran la camisa azul de Falange.

Todo ello es relatado con una gran amargura por los supervivientes, pero al oirles parece más que lo recuerden como un reflejo de los modos y maneras del régimen y  la época coincidente con la situación, que como una re-victimización propiamente dicha. Son capaces de discriminar y valorar la amplia solidaridad recibida de vecinos y desconocidos, con sus efectos protectores.

Pasado tanto tiempo desde los hechos, es normal que las personas entrevistadas,  sean resilientes no sólo ante la catástrofe, sino también ante la vida, y por el mismo motivo, que los menos adaptativos hayan fallecido ya.

Esta afirmación choca, al menos aparentemente, con otra observación de las entrevistas, en el sentido de que las conductas y actitudes resilientes no eximian al sujeto de presentar algunas respuestas de estrès crònico.

Así aparece el superviviente que cuenta ante la cámara que tras perder esposa e hijo, decidió reconstruir su vida y lo consiguió. Tras tantos años, su aspecto, su actitud, su lenguaje corporal así lo reflejan, pero según avanza el relato su expresión cambia, cuando de modo coincidente con el grupo, afirma que casi a diario continua pensando en los fallecidos.

Desaparecidos.-

Ninguno de los entrevistados se refiere a familiares desaparecidos. Sabemos que para los supervivientes vinculados afectivamente al desaparecido se trata de la peor situación, pero no se ve reflejada en los reportajes, a pesar de que fueron varios centenares los casos de desaparecidos. Según el recuento oficial 374 personas no aparecieron, en  parte  pudo tratarse de grupos familiares completos. Más allá de eso podemos presuponer situaciones de gran necesidad de ayuda.

¿Y la psicología?.-

Ningún entrevistado relata que recibiera algún tipo de asistencia psicológica o psiquiátrica.

No debe sorprendernos que en los años 60 nadie recurriera al psicólogo, aquí nuestra professión no formaba parte todavía de los profesionales a los cuales recurrir. A buen seguro nuestro rol lo cubrieron sacerdotes y médicos. En los casos más severos se debió ingresar a las víctimas en los centros psiquiátricos.

Lo que si no sorprende por lo menos intriga, es que en ninguna de las entrevistas visionadas se hayan citado tratamientos a posteriori de los sucesos, cuando en la actualidad, como hemos visto, una parte no desdeñable presentaba algún síntoma de estrés de tipo crónico.

Pasado medio siglo la comarca del Vallés , es una comarcas industrial y productiva, con una intensa vida social y asociativa, lo que se ha dado en llamar  “tejido social”. A simple vista nada indica que haya sufrido tanto.

Dediquemos un pensamiento a ese millar de personas, mientras el recuerdo permanezca no habrán muerto del todo.

Ferran Lorente Gironella
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