La violencia interpersonal, sobre todo cuando el agresor es una persona íntima, supone un desafío serio a la intervención en crisis. No sólo sucede, como en toda crisis, que el mundo revela su hostilidad, sino que aquellos que podían protegernos de esa hostilidad, nuestras parejas, son iguales, o aun más peligrosas. Ni hay seguridad, ni hay amor, y apelar a un yo herido, aterrado y confuso no es la mejor garantía de supervivencia.

Pocas crisis son tan psicológicamente destructivas, pocas suponen un cuestionamiento y un desengaño de valores tan incuestionados. Pocas tocan aspectos tan básicos (el apego) de nuestro funcionamiento como seres humanos. No hablamos sólo de golpes que ponen en peligro la vida, hablamos de su significado psicológico de desprecio hacia el otro y de presunta superioridad de quien golpea. Hablamos de una necesidad de agredir que sólo se satisface cuando se tiene la constancia de que el otro ha resultado dañado, moralmente herido. De la persistencia en conductas y actitudes hirientes que llegan hasta contaminar lo cotidiano y que tienen como objetivo que el otro pierda su confianza en lo que piensa, siente y hace, y como consecuencia robarle su presente, pero también su futuro (sus sueños).

            Dice la investigación que agresores y víctimas se necesitan mutuamente para poder llegar a ser ellos mismos, para sentirse sustanciales. Pero es como si las víctimas estuvieran conectadas con la parte más sana y buena del otro y mantuvieran la ilusión de que ellas, a pesar de todo, pudieran hacerla prevalecer; como si la bondad y el amor fueran la única alternativa posible. Mientras que quienes agreden se sintieran tan necesitados como temerosos de lo que necesitan y, así las cosas, sólo vieran de sus víctimas aquello que justifica su desprecio; necesitan que las víctimas tengan defectos para poder sentirse superiores. Les une una necesidad que no entienden pero por la que se sienten amenazados y juzgan que ellas son la fuente de esa amenaza.

            En la terapia resulta fácil identificarse con las víctimas, no sólo porque ellas son las que pierden y a las que hay que proteger, sino porque lo que las liga a la relación es lo mejor de ellas: su apuesta por el otro, del que saben ver sus valores, y la defensa de sus hijos. Cuando tratamos a quienes son violentos tratamos lo más enfermo de ellos, tratamos sus razones para despreciar (ven prioritariamente los defectos de ella, a veces sólo fabricados), una superioridad sólo presunta y que resulta irritante por lo burda y que hace todavía más incomprensible el que no sean capaces de abandonar a quien tanto desprecian. “Son unos pobres diablos”, dicen muchas de sus mujeres cuando ya terminaron la relación. Sí, pero unos pobres diablos que hacen daño hasta convertirlo en una especialidad, y que pueden no defender su derecho a maltratar, aunque eso no los impide hacerlo.

            Estos son los retos, en las víctimas cómo ayudarlas a confiar en lo que piensan, sienten y hacen, sobre todo cuando su pareja las cuestiona y las hace sufrir. Cómo volver a reconectarlas con sus sueños, con lo que desean que sea su vida; no se trata de que se agoten en una defensa frente a quien agrede, se trata de que pongan en marcha lo suyo. Mientras contienden con el otro, se olvidan de ellas. Se les ayuda en un proceso, largo y con idas y venidas, de acumulación de evidencias de que los episodios de maltrato son, en realidad, un patrón con la finalidad de herirlas y controlarlas; de que ciertos episodios son diferentes y tienen un significado que atenta contra lo que es una relación de amor, intimidad y cuidado, y otros encierran una promesa letal. El cambio de las víctimas tiene que ver con re-conectarlas con lo mejor de ellas.

            Con quienes agreden se sigue un curso muy diferente, tienen que cambiar su percepción de la realidad, y nadie duda de lo que percibe como real. O bien hay que bregar con una falta de criterios morales y emocionales que hace aparecer cualquier curso de acción tan válido como cualquier otro, lo que finalmente desemboca en criterios de utilidad. Tienen que ejercitarse en formas de actuar, de pensar y sentir nuevas que perciban como mejores que las anteriores, y eso lleva tiempo, capacidad de reflexión y de criterios éticos. El cambio de quien agrede tiene que ver con dejar ser quien es y construirse de nuevo.

José Navarro Góngora
Universidad de Salamanca

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